Todas las semanas con distintos propósitos, algunas veces por trabajo, otras por puro placer, piso una plaza de mercado bogotana. Es con profunda pena que digo que esto no ha sido una constante en mi vida sino que es un descubrimiento relativamente reciente. Lo cierto es que me ha hecho enamorar profundamente de mi profesión y de lo que día a día hago. Esta es una invitación abierta para todos los que me leen a ir a su plaza más cercana. Les aseguro que los va a sorprender.

No hay nada que me parezca más maravilloso que pasear por el mercado de flores de Paloquemao y con dos billetes de baja denominación llenar mi casa y mis platos de las flores más preciosas; alcanza para regalar a quienes quiero. Muero de felicidad cuando al pasear con extranjeros ellos sonríen y huelen, tocan y no creen que todas esas flores puedan convivir en esos toldos todos los días. Nos dicen privilegiados y no se equivocan. Recuerdo hace unos meses llevar a mi abuela a reconocer y conmoverme con su reacción: la plaza lo conecta a uno con lo más sencillo y por eso lo más bonito. Ella salió con una compra de impulso que luego la conectó con su paladar.

No me voy nunca de la plaza sin comerme un buñuelo recién frito que me da Germán en la vírgen de Paloquemao  sin reírme de los avisos de no tocar los aguacates paquidérmicos en todas las esquinas de la plaza (la gente no entiende que se magullan y luego no los compramos), sin tomar infinitas fotos de los displays de frutas… amo el salpicón de una mona en el siete de agosto, la lechona de doña Rosalba y el queso Paipa que me ofrece Yeison todas las veces con una pruebita y a veces advirtiéndome que mejor no lleve que no está fresquito.

La(s) plaza(s) me permitieron establecer un cariño directo por lo más sencillo: el ingrediente. Sin este no hay  Taller Culinario, no hay felicidad, olores en la cocina, posibilidad de enamorar a alguien con un plato o explicándole una receta. El lenguaje de la plaza es el lenguaje con que todo comensal enamorado debería acercarse a su comida: conociéndola, sabiendo qué está bonito y fresco, qué mejor no llevar, sabiendo la calidad y conociendo de dónde viene tanta delicia que día a día llega a nuestras manos y estómagos.

Los invito, abriendo este espacio, a visitar su plaza más cercana. Al contrario de muchos prejuicios, las plazas son territorios profundamente respetuosos y sinceros; son espacios en los que conviven los viejitos campesinos y las nuevas generaciones que no siempre conocen el producto pero averiguan. Son espacios en donde están los platos de nuestra infancia intactos (que alguien me diga que no moriría por un salpicón que no lleva gaseosa, por un tamal calientico o un platico de lechona con ñapa de cuero, por un quesillo en hoja, un cotudo, un manojo fresco de hierbabuena para una agüita…). Yo ya no imagino mi vida sin esa visita semanal. Hace unos días fui a la plaza y la señora que siempre me atiende, con su mano enferma, siempre pendiente de que no me salga nada magullada se fue a perseguirme porque no entré derecho a su puesto. Yo iba por salpicón. Cuando llegué a su puesto me confesó que había pensado que le había puesto los cachos… y que se había ido detrás mio a ver con quien. Me conmovió su acto, porque quiere decir que cada vez que jodo por un tomate ella me escucha; porque sabe incluso cómo me gusta que me empaquen las cosas, porque me conoce y espera que nuestra relación continúe. Yo seguiré yendo a la plaza  y a su puesto todas las veces que pueda. Me enamoré.